Entrevista: Rnz Podestá

En Enero del año que viene, nos juntamos con este querido compañero para preguntarle un poco, y otro poco también, sobre su obra, las cosas que anda haciendo y el shampoo que usa. La charla se dió en un ameno bar al que, lamentablemente, ninguno podrá volver a ingresar. Espero que disfruten de esta primera parte:

  • ¿Cuándo arrancaste a leer historietas?

Empecé a leer historietas incluso antes de que pudiera hablar o incluso leer correctamente. A los cuatro o cinco le entraba duro a las del Pato Donald, las Patoruzú o las Condorito. Lo usual a esa edad, ¿no? ¡Raro hubiera sido empezar a leer Persépolis!

También me acuerdo que mi abuela, me compraba todas las semanas una edición extraña de las historietas de Mazinger Z (digo extraña porque no tengo idea si eran las historietas oficiales o si eran esa clase de adaptaciones hechas por artistas no-japoneses… más o menos como pasaba en Columba con las adaptaciones de películas). Después mi viejo me compraba la colección Chiquilibros, que eran historietas per se sino historias rarísimas que tenían texto en la página impar y dibujos en la página par. Es más, recuerdo totalmente el librito Lautaro hecho por Oscar Capristo (detalle: qué loco que después de mucho tiempo Lautaro Capristo, el hijo, sea mi compañero en Dead Pop). Daría mi riñón por volver a tener alguno de esos libritos.

En fin, ya bordeando los diez u once años, mi familia se mudó a Puerto General San Martín (más o menos a 30 km al norte de Rosario) y no tenía mucho acceso a los comics. Ya había hecho el salto lógico hacia las historietas de Columba, las cuales canjeaba en un quiosquito hediondo todas las semanas. Y cada vez que viajaba a Rosario, le entraba de lleno a los tacos recopilatorios de Zinco. Todo Swamp Thing de Moore, Vigilante de Wolfman, Kupperberg y compañía, The Suicide Squad de Ostrander, La Sombra de Chaykin, etc. Ahora que lo pienso un poco, es tremendo que esa clase de material fuera conseguible siquiera. Después, claro, vinieron las ediciones de DC editados por Perfil, que era lo único que podía conseguir en el pueblo y, aunque no me gustaban mucho, al menos aprendía a ver cómo dibujaban otros… qué se yo, me quedaba absorto viendo cómo dibujaba Kevin Maguire, por ejemplo. ¡No podía dibujar esas expresiones con tan pocas líneas! Pero bueno, era lo que había, ni más ni menos.

De todas formas, mis preferidas eran las raras, las que no eran estrictamente superheroicas, en donde la moral iba y venía y no estaba del todo clara. Me gustaba Gilgamesh y su melancolía, demostrándote que vivir eternamente no es tan copado, como uno suponía. O Vigilante, que era un tipo que achuraba gente de noche y de día era juez. O El Escuadrón Suicida, compuesto por villanos que eran enviados al matadero permanentemente. O La Sombra con esa manía medio sórdida de hipnotizar mujeres… en fin, todas esas historietas son extrañas aún hoy, con toda esa moralina de medio pelo con la que insiste el mainstream yanqui. Son como perlitas perdidas. Y para bien o para mal definieron, al menos en parte, mi forma de pensar. Esto y los libros de Elige tu propia aventura, ja.

Más tarde en los noventa, se vino todo el rollo de Cazador, con el que flipé en colores. No tanto por las historias, que eran bastante tontas, pero sí por cómo eran dibujadas.

Confesión Número Uno: al principio copiaba a Mauro Cascioli, quien a su vez le robaba a Simon Bisley, a quien yo también le choreaba bastante. Ojo, no me da culpa ni vergüenza confesar esto, considero que esas historietas están muy bien cuando tenés doce o trece años. Y a esa edad está más que bien copiar (bah, en realidad está bien copiar en cualquier edad… no importa de dónde saques las cosas, lo importante es dónde te lleven, decía Jarmusch). Ahora bien, ya a nivel historietístico, si tenés treinta y cinco y te sigue gustando únicamente Cazador, realmente tenés que ponerte a pensar qué es de tu vida. Hay mucho más ahí afuera esperando romperte el cráneo.

Por eso mismo, ya de adolescente, cuando empecé a comprar comics furiosamente (convencido de que quería hacerlos), entraron en mi vida dos muchachos: por un lado Alberto Breccia y por el otro Dave McKean. Y ya nada fue como antes. Todo lo que tenía estipulado en mi cabezota se hizo percha, como resulta natural cuando se descubre a estos malandras. Y si estos dos habían vapuleado mi cráneo lo suficiente como para quedar baboso y en posición fetal en un rincón, vino Muñoz y me dio el tiro de gracia. A partir de ahí mi búsqueda me llevó a todos los rincones estéticos habidos y por haber. Y lo sigue haciendo.

  • Contamos un poco de tu experiencia en la AHI Rosario.

La AHI Rosario se formó en 1999, pero mi pseudo-carrera como fanzinero y dibujante se remonta a 1994, de cuando vivía en Puerto San Martín. Ahí hacía un fanzine llamado Purgatorio (¡el primer fanzine de ese pueblo!) y dibujaba para algunos diarios zonales. Fue cuando volví a Rosario, en el ’98, que empecé Purgatorio, segunda época y me junté con los que hicimos la AHI Rosario. A partir de ahí no hice otra cosa que dibujar como un condenado, más que nada porque vivía de lo que vendía. Así es amigos, soy la prueba viviente de que se podía vivir de la historieta… ¡y en el ’98! Bueno, al menos me pagaba mis borracheras, mis cigarrillos y mis pasajes de bondi. Y como había vuelto a vivir a lo de mi abuela, nos arreglábamos con lo que teníamos.

En fin, ¿Qué puedo decir de la AHI Rosario? Tengo los mejores recuerdos de esa época y de las personas con las que nos juntábamos a pensar diferentes formas de publicar y, básicamente, de sobrevivir.

Aclaración importante: la AHI Rosario era muy distinta de la AHI porteña. En esta última había una permanente lucha de egos que a nosotros no nos importaba; ya que había una relación genuina de igual a igual. Allá había demasiado pseudo-sindicalismo de cotillón, demasiada perorata, demasiado nene cheto agitando banderas de autogestión con la plata de papá. Nosotros éramos todos pobres, no teníamos ni para comprar comics. Es más, durante mucho tiempo nos juntábamos sencillamente a comer, ja. Porque claro, los 90´s eran épocas extrañas para un adolescente con ganas de hacer historietas, en una ciudad que no fuera Buenos Aires. Y Buenos Aires, por entonces, tampoco era la gran cosa. Éramos todos chicos pero con hambre de publicar y nos preocupaba una situación que, para entonces, no tenía mucho futuro a no ser que te lo forjaras. Bueno, hay que ser sincero y confesar que ese pensamiento no cambió para nada luego de 14 años.

Por eso lo más positivo que rescato de toda esa experiencia (y que es hoy por hoy mi bushido personal), era que nadie te iba a tocar la puerta para decirte lo groso que eras, si en todo caso había algún nivel de grositud decente. Y un poco por una cuestión medio punkota y otro poco para ver qué se podía hacer, siempre consideré que ahí donde no existan puertas, existirían martillos para hacer nuevas. Hay algo, más o menos, afortunado como consecuencia de haberse criado en la década de mayor vaciamiento cultural en democracia: el hecho de que estaba todo hecho trizas y que, por ende, no quedaba otra que construir nuevas reglas. Había algo del orden de lo burroghsiano en todo esto, y era ni más ni menos el pensamiento de que, como todo era una ilusión, por ende estaba todo permitido.

Paralelamente a la AHI, hice mi primer sello con un grupo de amigos y compañeros de la facultad: El Cuervo Produxiones. Ahí empecé las revistas Krak, Inerte, expandimos Purgatorio y le agregamos suplementos, editamos libritos de cuento y poesía y los mini-fanzines llamados Entropía y PorNO. De todo eso en la actualidad no hay absolutamente nada, excepto personas contadas con los dedos de una mano que aún conservan alguna que otra copia de esas cosas. Yo vengo arrastrando una carpeta viejísima con algunos originales de esos años, pero la última vez que la abrí tuve que dejar de mirar porque me daba una vergüenza terrible. Así que no sé a ciencia cierta qué es lo que conservo y qué es lo que tiré a la mierda.

  • Che, en cuanto a tu formación artística ¿aprendiste copiando o fuiste a tomar clases, te sentaste en primera fila y fuiste el olfa del profesor?

Creo que soy autodidacta. Mejor dicho, no sé cuál es la línea que separa lo autodidacta de la educación externa. Especialmente, cuando leés todo lo que se te cruza en tu camino. Cuando hay alguien que te dice “tomá, leete esto” ¿sos autodidacta por leerlo o hay alguien que te está enseñando?, ¿sos autodidacta por haber agarrado vos solo El arte secuencial de Eisner o es Eisner el docente? Lo que sea, me enrollo como persiana. Digamos entonces que todo lo aprendí leyendo comics, deconstruyéndolos, destripándolos. Y ojo, cualquier clase de comics. Por supuesto, de más está decir que los comics no fueron ni son mi única fuente de aprendizaje. Considero que todo lo que nos rodea en general, y todas las disciplinas artísticas en particular, son materia prima para que vos aprendas algo y que ese algo lo lleves a tu producción.

Pero bueno, técnicamente nadie me enseñó nada, excepto una persona a la que quiero y respeto mucho. Permítanme desviarme un poco para contarles acerca de Lida Turinewnko o, como le decían en Puerto a mediados de los 90’s, La Loca de los Perros. Era una artista plástica que vivía con su madre y su hermano. Provenían de la Unión Soviética y sobrevivían teniendo una especie de librería. Yo fui religiosamente a su casa durante más o menos un año. Todos los sábados a la mañana, incluso si había salido la noche anterior o si llovía o si estaba enfermo. Iba con intenciones de aprender escultura, grabado y manejar un poco el óleo, aunque una vez que llegaba a su casa, saludaba a los veintitantos perros que ella tenía y me sentaba a dibujar alguna que otra pelotudez. Ella me mandaba a comprar líquidos extraños para el estómago a una farmacia que quedaba muy lejos. Al regreso de los mandados, ella me decía que dibujara lo que había visto. Obviamente, la moraleja de todo esto es que aprendí a que no importaba demasiado si era bueno o malo dibujando, de última eso es lo de menos. Lo que importaba, era tener los sentidos agudizados para usar todo lo que te rodea, para ser una especie de ninja observador. Ella sabía que el fuerte de la expresión artística es utilizar todo y destilarlo, poquito a poco, en un estilo derivado de una forma de vida. Y aprender eso, naturalmente, fue impagable.

  • Y, ahora que estás ejerciciendo la docencia, ¿qué se siente estar “del otro lado del escritorio”?

Desarrollar talleres de comics es algo que considero una experiencia fascinante. Se trata de ir poniendo a prueba todos esos saberes que fui acumulando durante años, y ver si realmente sirven o no para la formación de un historietista. Si bien hay cosas que compartimos que tienen que ver con la teorización de ciertos elementos y herramientas, nunca está todo dicho. Y eso es lo que más me gusta de todo esto.

Existe el desafío de desmitificar algunos de los fantasmas que los chicos tienen y martillarlos constantemente para que entiendan que, sin sentido crítico, la cosa no va a ningún lado. Y siempre reitero algo: no importa que dibujes como Alex Ross o como Johnny Ryan, tampoco si contás el conflicto de la Franja de Gaza o las aventuras de un grupo mutante. Si no sos capaz de contarme algo que me genere una emoción determinada, entonces andá de vuelta al casillero Uno y volvé a empezar.

  •  ¿Quiénes son los artistas que más te gustan? No sólo del comic, sino de la música, que sabemos que sos un gran fan.

¡Uh, ésa es una pregunta dificilísima de responder! Me gustan muchísimos artistas, de los más variados y de los más distantes entre sí, ya sean en comic, cine, literatura o música. Me gusta creer que tengo la apertura mental suficiente hacia cualquier tipo de experiencia artística, ya sea pochoclera o culta o popular, aún a riesgo de detestar semejantes términos. Así que por mi lado todo es bienvenido.

Pero hagamos una cosa: voy a contestar esta pregunta por la vía negativa. Voy a decir lo que no me gusta. No me gustan los creadores que son condescendientes, ya sea con el público, con la disciplina o con ellos mismos. No me gustan aquellos que rinden pleitesía. No me gustan los pedantes a los que se les ven las costuras. No me gustan aquellos que son pecho-frescos o que carecen de cojones para desglosar lo que realmente tienen en sus entrañas. Y lo peor de todo, no me gustan esos que se creen que tienen cojones o que consideran que realmente lo que producen sale de sus entrañas y en realidad siguen un jueguito estipulado, una ilusión de movimiento.

  • ¿Y en el comic?, ¿tenés “personajes preferidos” o cuáles son tus artistas favoritos?

Uh, otra de las difíciles. Esta pregunta probablemente tiene una respuesta distinta cada vez que me la hacen. Pero no sé, siempre tuve una fascinación por Grendel, el personaje creado por Matt Wagner. Justamente más arriba hablábamos de la ambigüedad moral de ciertas historias, ¿no? Bueno, Grendel me parece muy atractivo, tanto desde su estética como por la forma de desplegar la idea de agresión. Y lo que más me atrae es como la historia se fue expandiendo a niveles inimaginables y, en un momento determinado, Wagner abrió el juego para que otros autores se integren al corpus de la historia. Finalmente, eso volvió universal la idea, tanto en el contenido como en la forma. En un punto todos somos Grendel y todos podemos dibujar Grendel.

Por supuesto, después están los autores que usan el comic como elección unívoca y que desarrollan una forma de pensamiento y de estudio acerca de lo que nos pasa, sin abandonar la idea del entretenimiento. Pienso en Alan Moore, por ejemplo.

  • ¿Qué dibujantes influencian tu trabajo?

Bueno, es evidente que tengo la premisa de que todo sirve. Incluso Rob Liefeld tiene algo que enseñarte. Pero a la larga, todo tiene que ver con tu propia existencia, tu propio camino. Antes me referí a lo cebado que me dejaron autores como Bisley, por ejemplo. ¿Qué hubiera pasado si antes de conocer a Bisley hubiera conocido a Chris Ware? Claro, es especulación pura, pero este tema de la influencia siempre lo veo, por un lado, en el hecho de que tarde o temprano, andá a saber si por sincronicidad o por un sentido innato de búsqueda, las cosas terminan cayendo en tus manos dispuestas para enseñarte cosas.

Por otro lado, supongo que las influencias propiamente dichas en mi estilo son distinguibles. O sea, convengamos que no se necesita gran esfuerzo: un poco de Ashley Wood, otro poco de Mignola, algo de Ralph Steadman, una pizca de Scafatti; porciones de manga disfrazado de occidentalidad, Breccia siempre presente… no sé, yo siempre dejo que esto de la influencia lo juzguen los demás. Hay gente que dice que laburo parecido a Mattoti, por ejemplo. ¡Y yo leí casi nada de Mattoti! O los yanquis insisten en que me parezco a Ben Templesmith, un tipo al que yo considero que es un clon medio pelo de A. Wood. O sea, a veces me lo tomo como un halago y a veces me enoja bastante, pero de vuelta: está buenísimo que los demás encuentren cosas acá y allá y que lo mío igualmente sea medianamente genuino. Un amigo el otro día, me decía que me voy acercando a la manera de dibujar de Ted McKeever. Puede que tenga razón, aunque McKeever, así como muchos otros, confluyen su esencia en el gran río de los apellidos Breccia, Muñoz, Toppi… Así que todo tiene que ver con todo.

  • Tenés un trazo muy personal, ¿hay una búsqueda consciente por adaptar tu dibujo a las necesidades de la historia o sale como viene?

No sé si es consciente lo que hago. O dicho de otro modo: sí, supongo que soy consciente, pero en un punto determinado entro en una zona gris, donde hay mucho pulsional primando sobre lo técnico. Eso por un lado. Por el otro, trato de disfrutar el proceso, disfruto mucho más la construcción de la narrativa o del guión, todo aquello “que no se ve”, que de última es una excusa que yo uso para exorcizar. Siempre digo que lo mío no es oficio, es laborterapia.

Claro, con el tiempo fui estableciendo particularidades estéticas para cada proyecto o nueva idea. Y visceversa: elegí hacer uno u otro proyecto como excusa para ir explorando cuestiones estéticas. Con (Bang)kok, por ejemplo, la excusa era desarrollar una historia automática, sin guión ni boceto previo. Con El Aneurisma del Chico Punk elegí una narrativa que podría decirse “japonesa”, mechada con un estilo entre realista y bastante plantado en la tinta. Cuando arranqué con ese comic estaba laburando muchísimo en digital y quería reencontrarme con lo análogo. Y ese estilo es totalmente distinto de lo que estoy haciendo en Dummy, el comic que hago dentro de la antología de Dead Pop Hipnorama. Que a su vez es distinto de Boiled. Que a su vez es distinto de Shereber, mi próximo libro. Y así.

Todas estas distinciones subyacen a nivel superficial, o sea en la forma de ser encaradas desde el proceso creativo. Pero la esencia, y por ende la búsqueda, está en no quedarse quieto en ninguna cosa y probar, probar, probar. Y no tenerle ni miedo a lo supuestamente profundo ni miedo a lo 100% entretenido. Me resulta un poquito irritante, el dibujante que se permance encerrado en tal o cual estilo, como si fuera su identidad y se quedan ahí, sin probar nunca más nada. Es como si “hubieran llegado”. ¿Llegado a dónde? Es un poco necio negar que estamos aprendiendo cosas todo el tiempo. Yo con Boiled estoy aprendiendo muchísimo… y eso que se trata de una historia con piñas y monstruos.

  • Contanos un poco sbre la parte lúdica del dibujo, ¿qué es lo que más te gusta dibujar?

Esta es otra pregunta que, si me permiten, prefiero responderla por la vía negativa: no me gusta dibujar perros. Por lo menos de un modo realista, son increíblemente difíciles de dibujar. Tampoco me gusta dibujar plantas, aunque tienen la característica de que son ultra-dinámicas y, añadidas a cualquier fondo, vuelven decente cualquier mamarracho. También me aburrí de dibujar zombies. Desgraciadamente, cuando arranqué como freelance en Estados Unidos, The Walking Dead había resucitado el género zombi y todos los proyectos que encontraba tenían zombies en diversos grados de importancia. Pero, bueno, sacando de lado lo que no me gusta o lo que me aburre, está todo lo demás. No sé, yo respeto mucho a los dibujantes como Sean Phillips. Es un tipo que puede dibujar virtualmente cualquier cosa. Te puede gustar su línea o no, pero al César lo que es del César. El tipo se la banca.

En cuanto a dibujar cosas relativas a un género específico, supongo que mi zona de confort es lo fantástico, el terror o la ciencia-ficción. Me encanta laburar aparatos y dispositivos no existentes o basados en algo real pero tuneados (algo que se va a ver muy seguido en Boiled). Así como me encanta el sintagma “lo que no lo sé lo invento”. Aunque tampoco me achicaría a la hora de dibujar superhéroes. Nunca lo hice de manera profesional. Eso sí, no sería capaz de dibujar a lo George Perez, con todas esas viñetas repletas de cuarenta y cinco héroes, todos en pose. Tampoco me hace falta a esta altura.

En resumen, en los años que llevo dibujando cosas siempre disfruté los desafíos. En mi trabajo como freelance, acepté encargos que me permitieran aprender como mínimo algo nuevo. O exorcizar ciertas negaciones. ¿No me gusta dibujar plantas? Bueno, acepté un proyecto que transcurre en un pantano. ¿Así que tengo problemas para dibujar mujeres? Bueno, hagamos comics porno. Así fue que tuve la oportunidad de dibujar mucho de todo, desde zombies hasta tetudas, desde desiertos a planetas inexplorados. Y supongo que hice lo mejor que pude.

Segunda parte

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Un pensamiento en “Entrevista: Rnz Podestá

  1. […] El planeta se ha congelado y a tan helado destino solo han sobrevivido intactas tres cámaras de criogenización, en una de ellas se aloja un simpático hombre desnudo, en otra un triciclo y en la tercera un misterioso ser que huye dejando tras de sí un rastro de pompas de jabón. Tamaño escenario nos propone Icycle, juego online que nada tiene que ver con la segunda (y final) parte de la entrevista a Renzo Podestá. Ah, y si te quedaste en el tiempo, acá podés leer la primera parte. […]

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