Carlos Roume: Gauchos, pinceles, caballos y colores

Roume

Caballos, gauchos, carretas y soldados fortineros pueblan sus telas, se asoman a sus dibujos. Carlos Roume admira el campo y lo pinta con pulso firme e imaginación inquieta. Lo que piensa y lo que siente de su obra uno de los pintores de nuestro campo más conocidos en Europa.

* Entrevista realizada por Juan Carlos Curti para Dinámica Rural (Nº133, Año XI, 11/1979).

Hoy, Carlos Roume, tiene 54 años y ha perdido ya la cuenta de sus obras pero no su entusiasmo por el campo y las caballadas, motivo central de sus dibujos, pinturas y esculturas. En su cálido atelier, frente al tablero de dibujo, aparta por momentos sus ojos de la cartulina blanca donde plasma uno de sus dibujos y va hilvanando la historia de un hombre apasionado por el campo.

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“El interés por la pintura nació en mí desde muy chico; apenas tenía 11 años y adoraba trabajar con la anatomía comparada. En base a ella realicé el primer cuadro con el que participé en una exposición: era un perro corriendo…”

— ¿Por qué su mayor afinidad con los caballos?

— No sé. . .quizás porque el caballo es el habitante de aquellas llanuras que veo tan grandes y tanto admiro. Como belleza, es una de las tantas bellezas de la Creación; pero no hay algo en particular que me lleve a ser especialista; soy simplemente un enamorado de la forma.
— ¿Qué siente cuando realiza una obra?

Casi nada —interrumpe una vez más el dibujo—, es como una necesidad y una obligación al mismo tiempo… es un poco así. Trabajo con la mente puesta en el blanco; necesito soledad y, si no la obtengo, concentración en lo que hago, que en definitiva es lo mismo. Pero es preferible la soledad, porque las turbulencias impiden el desarrollo natural de una idea y como la creatividad está llena de sutilezas cualquier cosa la enturbia.

— ¿Cuántas obras lleva realizadas?

— No tengo idea. Pinturas serán unas trescientas, probablemente más. Los dibujos no los puedo ni calcular porque trabajo en ellos constantemente. Pero en general, no hice ni la décima parte de lo que quería hacer.

— ¿De todos sus cuadros, cuáles le gustaron más?

— Son pocos los que realmente me gustan. En general trabajo tratando de hacer bien lo que hago y no siempre sale como yo quiero, pero reconozco que algunas veces salen felices. Entre éstos, puedo citar dos: “Después de la tormenta“, un cuadro de 2,30 metros que mostraba diez o más caballos cruzando una aguada, todo ello en diferentes tonos de gris, sin efectos fuertes, y “El incendio de pastos” que expresa una inmensidad de seca y una gran caballada que viene corriendo espantada por el incendio. Ambos cuadros fueron vendidos en Europa. El primero lo compró hace años un conde italiano en 2.000 dólares, y creo que recientemente se volvió a vender en 100.000 dólares en Mónaco; la segunda la tiene un director de un banco suizo, también en Mónaco.

— ¿Por qué expone tan poco?

— Es que yo no trabajo con planes previos. Entiendo la pintura como una especie de convivencia conmigo mismo. Entonces, todos los mecanismos de venta que tienen por centro a las galerías, que pueden ser buenos, no los uso demasiado. Yo espero; si en cierto momento tengo ganas de venderlas u ofrecerlas, lo hago, pero no me rijo por la formula de fabricar cuadros para tal o cual galería. Pinto lo que sé me da la gana, en el buen sentido. Generalmente ubico mis obras en Mónaco, Inglaterra, Bélgica, Suiza y ahora en Italia.

— ¿Por qué no en Argentina?

— Es tan inestable la cultura en nuestro país, y desgraciadamente tan incomprendida que a veces uno se da cuenta que está como paralizado para crear. Nuestra preocupación se centra en el consumismo y es tan cruel la carrera que no hay lugar para otras cosas. Creo que la crisis actual es ésa. Entonces, mientras no hay lugar para otras cosas, los sabios esperan. La cultura no se impone, se pone y se multiplica o no. Si no hay terreno para sembrar es tonto poner una semilla.

— ¿Qué le brinda mayores satisfacciones, pintar o dibujar?

— Las dos cosas. No podría separarlas. Reconozco que existe una especie de prejuicio contra el dibujo, pero sin bases muy sólidas; creo que es una especie de pedantismo intelectual. A mí me gusta mucho el dibujo y entiendo que es la armazón de todo. Por otra parte, creo que la obra del Señor está hecha con límites: donde termina una cosa empieza la otra. Por eso dibujo y pinto. No puedo modelar porque mis manos no me alcanzan, pero mis dos hijos son escultores y hacen lo que yo no puedo.

— ¿Vive con el producto de la venta de sus obras?

— Sí. Como y duermo más o menos tranquilo, nada más. Tampoco busco demasiado la riqueza a través del trabajo porque entiendo que la fortuna no se puede cambiar por riqueza. Es decir, no creo que el dinero sea malo, me parece incluso que lo sé usar, pero no acepto que su obtención me condicione. Si me pagan cientos de millones por una obra, mejor, pero no pienso en eso. Más bien trato de mantener vivo el interés por hacer una buena obra; y si lo logro ya he hecho un buen negocio.

— ¿Qué hace actualmente?

Pinto y dibujo permanentemente. En estos momentos estoy trabajando para un editor de Roma y otro de París. Para ellos dibujo regularmente láminas, historietas en blanco y negro, y dobles páginas en color. Esta es mi fuente de ingresos más regular.

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“Me crié entre bosques, junto con la naturaleza, en el sur de Francia. Si bien nací aquí, en Argentina, de muy chico debí trasladarme con mi familia a aquel lugar hasta que cumplí los catorce años, cuando regresé a mi país. Pienso que fue una buena niñez aunque me tocó vivirla un poco solo, entre árboles, porque mi familia era bastante numerosa.”

Al tiempo de pronunciar estas palabras, Carlos Roume prácticamente concluía otra de sus obras. Allí, donde al comenzar la entrevista había una cartulina de blanco níveo, ahora asomaba el curtido rostro de un gaucho. En derredor nuestro las criaturas surgidas de su pincel se multiplicaban con la fuerza de un testimonio. Soldados fortineros, caballos en el descanso del atardecer o en el retumbo polvoriento de una estampida, carretas en un vado y gauchos mateando, pueblan de pampa su casa suburbana. De allí saldrán rumbo al exterior, rumbo a una Europa que admira y quiere a este creador que encontró en nuestro campo su fuente más pura de inspiración.

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Un pensamiento en “Carlos Roume: Gauchos, pinceles, caballos y colores

  1. El Museo José Hernández de la Cuidad de Buenos Aires realizará un exposición denominada: “Carlos Roume: el señor de los caballos” desde el 13 de noviembre de 2015 hasta el 6 de marzo de 2016. Se exhibirán dibujos, acuarelas, óleos y esculturas.

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